Cuevas, el imprescindible

Cuevas, el imprescindible

Por: Aldo Fulcanelli.

A José Luis Cuevas le debe la plástica latinoamericana, su capacidad para confrontar sin miedo el acontecer cultural de México a partir de los años 50’s, impulsando junto con otros artistas una novísima manera de concebir la plástica, a partir ya no del recurso de la idealización folklórica de un país al que se expuso visualmente como un suvenir a través del “muralismo” (antes de Cuevas intocable), sino eligiendo como protagonistas de esa nueva propuesta a aquellos seres a los que en palabras del propio Cuevas: “la revolución no hizo justicia”. Desde el manicomio de “La Castañeda”, el joven Cuevas retrata a los dementes a los que la domesticada sociedad de entonces se niega a mirar, acude a los desafiantes antros donde la vida nocturna alumbra los mórbidos egregores, esos que crecen en silencio como el moho, encuentra una bondad desarraigada en las regiones oscuras adonde la clase media no vuelve la mirada, allá en las catacumbas citadinas donde se multiplican los abortos, pero también, donde brota la generosidad de aquellos seres a los que la sociedad orientada por el establishment, ha otorgado el mote de engendros. El novel artista reta a Siqueiros, Rivera y Orozco, reclama no solamente un relevo generacional sino creativo, pues el viejo nacionalismo revolucionario, factor detonante del “muralismo”, se ha convertido en una providencial manera de impostar la realidad a partir de una estética, que aunque probadamente magistral, es ya insuficiente para consignar la realidad de una sociedad en constante ebullición.

Mientras que las señoras de la “Liga de la decencia” amenazan con cilicios y excomuniones a los niños en el México de los años 50’s, los heraldos en la prensa del régimen de incontables tentáculos, se encargan de enaltecer los logros del pujante alemanismo, la industrialización de un México que contrasta en la retórica posrevolucionaria con los cinturones de miseria que crecen al margen de la gran ciudad, y que Luis Buñuel retrata genialmente en la película “Los olvidados”, documento visual invaluable por la valentía de consignar la realidad sin música de fondo, escenarios montados a modo, tampoco héroes o heroínas arrebatados de alguna ópera bufa con la perversa intención de moralizar al público. Junto al surrealismo del México buñueliano que desprecia la realidad visual impuesta por el sistema, para enaltecer a lo sobrenatural como una estética que consigna la injusticia, va naciendo la “generación de la ruptura” de la que es parte Cuevas, entonces artista en ciernes que comienza a utilizar al lápiz a la manera de una calibre 38 con la que dispara a las viejas maneras de hacer el arte en México, diciendo adiós hasta siempre al exacerbado folklor autocomplaciente que se empeña en apropiarse de las calaveras, los rasgos indígenas que aplauden los coleccionistas de Nueva York, los trajes de Tehuana, los sombreros, los magueyes y el mezcal con el que los muralistas han emborrachado (artísticamente) al “universo creativo” nacional, para seguir vendiendo una imagen pintoresca y visualmente agotada del país.

Cuevas aparece en el 67 desde lo alto de un edificio, para mostrar un mural efímero en el corazón de la recién bautizada (por el mismo) “Zona rosa”, un mote que se invento el provocador artista para burlarse del esnobismo clasemediero, y que lejos de causar molestia, fue adoptado (contradictoriamente) y asimilado plenamente por los habitantes de dicha región de la Ciudad de México. Ataviado como un Dandi, Cuevas aparece en las imágenes junto a una guapa chica que promociona su imagen, mirando desde las alturas al publico fan de la “Zona rosa” que lo observan con incredulidad, ignorando que el año siguiente el país se teñiría de rojo, mientras Cuevas cambiaria el look y radicalizaría sus métodos de creación artística, sabia en su interior que la ciudad no se divide en zonas sino en regiones, regiones del aire que desnudan a sus habitantes, regiones donde esos mismos habitantes de pieles agrietadas se abrazan para aminorar el tiritar del implacable frio urbano, regiones nocturnas donde los seres se ocultan para cantar sus deformidades, concederse una caricia, o canturrear desde las cicatrices bajo el aplomo del alcohol. Desde entonces, tal vez mucho antes, tenemos a un Cuevas que captura las imágenes alejado del tradicional figurativo, distorsionando la figura humana para colocarla a la par del sentimiento que la origina, Cuevas es el semidiós que da a luz desde su propia selección voluntaria, una naturaleza que aunque claroscura, esta mas que viva desde las ignoradas telarañas, las pocilgas de las rentas congeladas donde los ecos de los fantasmas aún se escuchan a la medianoche, y la ancianidad se carga como un duro fardo, cercenado junto al Alzheimer o los terrores nocturnos, también las incontables taras de una sociedad que quiso pecar de políticamente correcta, y desde don Porfirio a nuestros días, ocultó las lonjas bajo los apretados corsés, condenando al erotismo al desacato de los prostíbulos, y la deformidad al interior de los circos underground, el universo vital-creativo de José Luis Cuevas.

Desde sus inicios, no faltaron los críticos que tacharon al artista de ser un “pinta monos” con delirios de grandeza, acusándolo de promover la deformación del arte, pero Cuevas respondió a la manera de los genios, tiroteando con su 38-lapiz al establishment, inaugurando un periodo precioso de las artes desde México para el mundo. Imposible resistir un trazo de Cuevas que se muestra como un dibujante magistral desde la primera mirada, la línea precisa y emotiva que no se rinde para mostrar a los renglones torcidos del hombre, sus pensamientos que adquieren la forma de animales obscenos, bailarinas que se contorsionan desde el centro de los escenarios en la juerga, mientras la multitud de caifanes yacen en sillas desvencijadas aplaudiendo, haciendo eco de un idioma gestual hasta la explosividad mientras las carcajadas abandonan las bocas desdentadas de los “sin nombre”, que el demiurgo Cuevas acoge en sus sanatorios de paso, esos provocativos carteles por donde se escurre barrocamente la tinta, los sorprendentes aguafuertes donde hacen cameo Rembrandt, Goya, o furtivamente Picasso, los grabados inquietantes donde Cuevas radiografió todas las dolencias de una sociedad cansada de asimilar la opresión, dignamente. Sin miedo, Cuevas se pasea por las calles, como en un acto de psicomagia ventilando sus regiones intimas, muestra las heridas como en el teatro pánico, para curarse en salud pero también a otros, los que se atrevan a mirar a aquel príncipe setentero de la “nueva onda” haciendo un dibujo desde su cama, mientras los paparazzi capturan las imágenes, y una cohorte de chicos snob, esos a los que Cuevas burlo desde la “Zona rosa” buscan un autógrafo, sin entender un ápice de su arte. Pero Cuevas lo sabe y los supo, que sería expulsado del universo parnasiano de la plástica mexicana tradicional ortodoxa, solo para avasallar al arte universal a la manera de Bacon o Dubuffet, Cuevas se convierte en la herida expuesta de un régimen que proscribió lo real, para buscar enaltecer el sometimiento bajo el color rosa mexicano. Comprende el artista que más que una persona es un síntoma, el resultado de la dominación o la arbitrariedad, el socavamiento de las emociones en pos de la nausea, el trabajo de Cuevas al final, es la respuesta del artista al duro yugo paterno, pero también al yugo anquilosado del “muralismo” compuesto por un trío de coronelazos dizque comunistas.

Cuevas se retrato a sí mismo, una y otra vez hasta la saciedad, sabiendo que la realidad, se encuentra encadenada fenomenológicamente al cambio, a la transición, que nunca un trazo será igual a otro, que nunca una obra suya será igual, ni será vista de la misma manera desde los diferentes ángulos de una realidad insoportablemente tridimensional a la que el artista renunciaría.

También dibujo a Picasso bailando, retrato a los Borgia, la intolerancia o el crimen galopando en un engendro de cuatro patas, la fealdad y otra vez a la demencia compartida en una buhardilla de 4 x 4, junto a los cristales rotos, los restos de la piel que darán lugar a un nuevo monstruo en pleno Siglo XXI. Como si fuese una brutal profecía, la “Zona rosa” perdió el glamur de aquella declaración profana del Cuevas goliardo, el maestro, mudó de piel recientemente bajo los estragos de la interdicción que supone la enfermedad, y no hay mas murales efímeros surcando las regiones contaminadas de la gran ciudad. Cuevas se fue solo en apariencia, nos quedan sus bosquejos del alma a la que se aproximo siempre arriesgando el “sano juicio”, nos queda también la huella de su mirada violenta, abrumadora, el recuerdo de aquellos dedos que acariciaron con amor salvaje a lo grotesco, los que acogieran para abrazar por siempre a los desarraigados; esos engendros que la sociedad sigue negando.

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