Dolores del Río, el esplendor de un rostro

Por: Aldo Fulcanelli

Al lado de figuras del cine como Greta Garbo y Marlene Dietrich, la mexicana Dolores del Río (1904-1983) dio realce al cine hollywoodense de los años 20 y 30’s. Su rostro anguloso, de un mestizaje radiante, provocó reacciones arrebatadas de los intelectuales que a menudo, formaban parte de su círculo más íntimo; tales como los pintores Adolfo Best Maugard, Diego Rivera y Frida Kahlo, así como el poeta Salvador Novo, entre muchos otros, quienes le dedicaron pensamientos, obra, y vida. Ese mismo rostro, la llevo a ser exaltada junto a presencias como la de Ramón Novarro o Lupe Vélez, prototipos también de la belleza latina, en fulgurante asociación a los grandes reflectores de la Meca del Cine. Así pues, los años del Cine Mudo, contaron con la exoticidad a tope de Dolores del Río, que con los pómulos salientes, la nariz perfecta, los hermosos ojos hundidos, amén de una vasta frente, encarnaba el ideal de la belleza enmarcado por la estética nacionalista; posrevolucionaria, cuya utilidad sería redescubierta años después, por el cineasta Emilio “Indio” Fernández.

Cintas como “El precio de la Gloria” (1926), “Resurrección” (1927), y “Ramona” (1928), catapultaron a la entonces emergente estrella, a alturas insospechadas, llegándosele a mencionar incluso, como la versión femenina del “Latin lover”, Rodolfo Valentino. Al lado del Art Decó, y el glamour hollywoodense, la belleza de la del Río se acrecentaba en las reuniones donde era el centro de atención, al lado de su entonces marido, el también aristócrata mexicano, Jaime Martínez del Río. Todos querían tomar un poco de ella, admirar la calidez de la dama que encarnaría a la heroína o vampiresa cinematográfica, vestida espectacularmente por Schiaparelli, y enmarcado el rostro por Max Factor. Llego la temida transición del Cine Mudo al sonoro, quedando en al camino multitud de estrellas, que simplemente no se pudieron habituar al duro cambio. Sus voces, no sonaban como la gente esperaba, o eran tipludas o muy graves, dispares a la imagen que el glamour ameritaba, el fracaso era evidente pero ante ello, Dolores sobrevivió con la gracia de una mujer inteligente, y vendrían cintas como: “Bird of Paradise” (1932), “Flying down to río” (1933),  o “Madame Du Barry” (1934), seguidas por “In caliente” (1935), “Accused” (1936) y “Journey into Fear” (1942), que supuso la última participación de la actriz en el cine Hollywoodense, antes de su partida a México. La cinta, marcó la colaboración de la mexicana con el realizador Orson Welles, con quien simultáneamente vivía un tórrido romance, que trascendió los pasillos de la farándula, para ubicarse en parte de la historia y anecdotario de la capital del cine. Luego de más de una veintena de cintas, algunas de las cuales, fueron ideadas para su exclusivo lucimiento personal por la RKO Pictures, o la Warner Bros, por ejemplo, Dolores decide viajar a México. Sobreviviente del cruel “Star System” estadounidense, la actriz, sufrió también el embate del macartismo, siendo acusada de mantener nexos con el comunismo, y llegando a ser considerada no grata en el vecino país. Tiempo después, retornaría a Hollywood, de la mano del enorme John Ford. Pese a todo, el ideal de Dolores Asúnsolo López-Negrete (su nombre real), se había cumplido cabalmente: contribuir a que la imagen de la mujer mexicana en el extranjero, fuera reivindicada, lejos de una visión denigrante, motivada por la ignorancia. Dolores, no fingía sus papeles de mujer elegante, ella lo fue, al provenir de una familia de clase alta, de origen aristocrático, y conformado por artistas y próceres por igual.  La partida de Dolores hacia los Estados Unidos, (casi como una broma), alentada por el director Edwin Carewe, y respaldada por su amigo personal Adolfo Best Maugard, estuvo lejos de la búsqueda de la ventura económica, de la que ya gozaba. En Hollywood, Dolores encontraría la libertad (con la consecutiva proscripción del rancio abolengo), el divorcio, pero también la inmortalidad.

Ya en México, Dolores vivió un segundo aire de lujo, de la mano del director Emilio “Indio” Fernández, el fotógrafo Gabriel Figueroa, y los guiones sin par de Mauricio Magdaleno. Así, encarno a la inolvidable “María Candelaria” (1943), protagonizando también “Flor Silvestre” (1943), “La malquerida” (1949), y “Bugambilia” (1944). Pero la cercanía con el cineasta Fernández, no impidió a Dolores la colaboración exitosa con Roberto Gavaldón, Ismael Rodríguez y Alejandro Galindo. Así llegaron obras de gran nivel, como: “La otra” (1946), “La cucaracha” (1958) y “Doña Perfecta” (1950), esta última, encarnando a una cruel dama, preocupada por las apariencias y cuya hipocresía, la conduce irremediablemente a la tragedia. Habría Dolores para rato, y aquella dama siempre elegante y distinguida, se volvería actriz en México, bajo el amparo de interpretaciones sólidas, revestidas de gran verismo, y de alto impacto histriónico. La dama del alba, era exaltada por los sonetos de Novo, la poesía de Pellicer, las letras de Jaime Torres Bodet en “La estrella de día”, los trazos pictóricos de Roberto Montenegro, y Diego Rivera, se había convertido en una antorcha palpitante; símbolo del poder de la mujer mestiza.

En su trayectoria siempre ascendente, Dolores del Río, no dejó de pisar los escenarios a través del teatro, mostrando siempre una humanidad a flor de piel, a través de sus obras filantrópicas, que ameritaron la creación del Festival Internacional Cervantino, la Estancia Infantil de la ANDA, así como la conformación del colectivo denominado: “Rosa Mexicano”, que beneficiaría a la mujer y a la infancia. Si alguien dijo que las dos cosas más hermosas, “son el Taj Mahal y Dolores del Río”, no se equivoco. Si alguien escribió acerca de: “las responsabilidades de un rostro”, si alguien la llamo Señora, rostro que fortalece y vivifica, tampoco se equivoco. Dolores del Río es todo eso, y más que eso mismo. Mientras tanto, los mortales, seguiremos admirando aquella piel intacta, por donde el tiempo se desliza sin dejar ninguna huella. Hasta siempre a Dolores del Río, el rostro esclarecedor del México ido.

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