El colapso humano

El colapso humano

Por: Aldo Fulcanelli
(primera de tres partes)

La reciente sucesión de catástrofes naturales, llámese huracanes, tormentas y sismos, aunado a los incesantes atentados terroristas perpetrados en diferentes capitales del mundo, así como el fortalecimiento de la retórica belicista desde la sede de los poderes imperiales, ha sumergido a la opinión pública en un impasse de poderosos ingredientes histéricos; casi todo mundo habla del apocalipsis o el Armagedón, hablar del fin del mundo desde la desinformación, se ha vuelto uno de los tópicos favoritos de la comunidad en las redes sociales. Quienes alientan dichas opiniones comparten cadenas con mensajes amenazantes, supuestas citas bíblicas, aparentes mensajes cifrados, y un interminable bombardeo de teorías conspiratorias mientras que por otro lado, la violencia sistémica de nuestro país enaltecida como un trofeo en videos donde se comparten linchamientos públicos, decapitaciones por parte de grupos del narco, ataques racistas, o accidentes automovilísticos en vivo con saldos fatales, contribuyen a engrosar aún más el colapso de una sociedad, que ha sucumbido ante el caos informativo.

Esa misma sobreexposición de la violencia sin una causa justificada, como no sea contribuir a polarizar aún más los ánimos, parece detonar nuestro linaje primario negado una y mil veces desde la egocéntrica narrativa del antropocentrismo; pero la realidad imperante no miente, la brutalidad amparada en el fundamentalismo conquista cada vez más adeptos, se trata pues de un fanatismo agresor, adaptado a las condiciones atávicas e idiosincráticas de nuestro país, un nuevo lenguaje de violencia fortalecido por una realidad que no podría negarse, pero también sobreexplotado por los grandes consorcios televisivos a través de aberrantes series donde se enaltece la cultura del narco, mostrando a sus protagonistas a la manera de varones imponentes, y e incluso a veces hasta “como víctimas de la circunstancias, que ante la acción de un destino infausto, no tuvieron más remedio que defender los suyo con las armas”.

La cultura de la violencia “región México”, estaría potenciada por la intolerancia y la desinformación, también la ignorancia, pero no la ignorancia de no saber, sino aquella que es peor: la de negarse a aprender, la ignorancia que prescinde del conocimiento de sí mismo, como eje esencial de la vida en sociedad.

No está de más argumentar que las catástrofes naturales siempre han existido al igual que los conflictos bélicos. Desde la Grecia Imperial hasta la Europa Medieval, la conquista de América y la adherente evangelización, la Segunda Guerra Mundial con el apuntalamiento del entonces emergente Complejo Militar Industrial, así como la fundación de las organizaciones financieras que posteriormente respaldaron a las dictaduras en América Latina. Siempre ha habido guerras, ya sea por motivos religiosos, territoriales o geopolíticos. El recrudecimiento de fenómenos naturales de fortaleza en apariencia inusitada, que cargan implacables contra edificios y comunidades, son la respuesta de la poderosa naturaleza ante la civilización humana que concibe el desarrollo como una continua agresión contra el medio ambiente, la deforestación de los bosques o santuarios naturales protegidos por los pueblos originarios, la cacería indiscriminada de especies protegidas, la contaminación de los mares con aceites y basura, las pruebas nucleares, los estertores de las industrias que agreden el aire con sus potentes chimeneas tóxicas, la contaminación visual, la sensorial fundamentada en la cultura de un consumismo beligerante; en las grandes urbes no existe ya lugar para la paz o el contento espiritual, y la respuesta de nuestro medio ambiente resulta esclarecedora ante el desafiante lenguaje del desarrollo inconsecuente, la reprimenda de la naturaleza nada tiene pues de sobrenatural. Mientras la histeria florece en las redes sociales, son muy pocos quienes se atreven a mirar a la real catástrofe, no la que provocan los tsunamis o maremotos, tampoco la imagen (absurda) de los “Jinetes de apocalipsis” descendiendo entre nubarrones teñidos de sangre como consecuencia de la “ira de Dios”, me refiero a la tragedia humana; la ausencia de entendimiento, la crueldad y la barbarie que se originan ante la falta de compasión entre las personas.

La victoria de la modernidad o el desarrollo sin límites, es como aquella imagen de un rey codicioso construyendo una Babel que se alza sobre mares de sangre, degradación y esclavitud. Rascacielos que desafían al aire, y cuya raíz es la opresión del hombre por el hombre, armas nucleares capaces de sembrar la desolación a su paso, también la competitividad enfermiza que convierte al ser humano en una entidad incapaz de doblegarse ante el dolor ajeno o el propio, seres avergonzados de asumir el dolor natural de existir en procesos como el alumbramiento, la muerte, o el envejecimiento, una sociedad incapaz de pronunciar la frase: “hoy no me siento bien”, sin dejar de ser el blanco del consumismo devorador que transforma la ausencia de afectividad, en satisfactores materiales de un poder efímero. De igual manera la sustitución de la invaluable comunicación humana por la virtual, familias enteras charlando frente a frente a través de emoticones, ya sin palabras, una desconexión sensorial activa que tiene como resultado la generación de familias “hibridas”, compuestas por entes a los que no les es dado abrazarse, palparse con las palabras, mirarse con los ojos del afecto en la interdependencia, familias que se rechazan “per se”, integradas por sabihondos que han abortado la capacidad de aprender a través de la experiencia, la prueba o el error, y cuya máximo logro es balbucear con soberbia “lo que otros les dijeron”, lo que han dado como hecho cierto anticipadamente; sin comprobarlo.

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